Diario

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Extracto de Librotrío – Empalabrarte

1:30 p.m. Hubo una vez. Surtí lo que pude y dormí tanto sin sueño. Apenas desperté, me esposé a la calle descalzo, mirando esquirlas donde otros verían chapas vencidas.

1:35 p.m. A la vera de la base dañada por la mar destaca un velamen. De su resto se desprende humareda azulosa bañando la tarde sin  bruma. Callado, vestigio sin nombre, enuncio un hallazgo irredento y culmino la historia destacada con furia.

Domingo. Acariciando maderas olorosas avanza en pos de rostros cenizos la madre de manto raído. Su suerte opera aberturas donde antes cernían coles las míseras nanas. Mediría al tiento la oscura rueda, omitiendo cada tanto un dedal de escarcha para verterla al agua cenagosa.

Marzo abajo, pasadas las 3:00 p.m.

Mantenida a flote constante entre brebajes y caldos sacudía la  adolescente, orgullosa, su cabellera, consciente del efluvio que escanciaba a las fieras. Las rejas en torno suyo lucían oxidadas, signo del encierro austero anulando su intento. Al tiempo de  levantar vuelo urgía mendaz, mandaba nudos al ábaco cada vez que inspiraba, deseosa de seguir la ruta  menos dada al descanso. Flotaba aún, eso sí.

(Hoy). Horrible costumbre la de sentirse cauto y breve. Sé que ese cretino sataniza la aurora, a fuer de cuanta estudiada manía incuba en su infante pareja. Mandala llamando a control, no responde; sí anhela cacao de Chuao, acompañado de pañuelo sin mancha que denuncie existencia dual a capella.

Sábado 21 de enero, cerca de las 12:00 a.m., a metro y medio de la TV (sonido bajo).

La detente administra de a poco la disposición de sus tentáculos, intentando abarcar más espacios de lo delimitado. Los acuerdos asumidos comúnmente se vuelcan, afanado cada quien en lo suyo, visto que no es posible marinar la mirada más allá de niebla. Sensación de mareo, delirio, vasto lagrimeo impide parpadear.

Justo en la tumba, a dos dedos de aire.

Mapita me mira, es pequeña y dadivosa, usa su lengua para catar qué tanto le gusta mi piel encerrada. Arquea sus antenas y al limpiar las patas largas y nervudas, deja caer sobre mi nariz un vapor dulzón que anula el oxígeno restante en la caja. Obvio lo que viene. Por lo demás, todo es oscuro y nadie verá qué pasa en mi retina.

Éter. Cuandollegué a su entrada, una mujer me esperaba; sonrió y con gesto burlón se hizo a un lado. En su mano derecha blandía el tridente papal.

Post Éter. Aquí no hay Gran Prensa, sólo tiras de papel con citas y consignas escritas en verso, en pseudolengua castiza, imitación triste del castellano antiguo, tomadas cortas frases del  Don Quijote aquél para significar algunos cambios que nadie observa ya con denuedo. Las paredes que creí blondas o neblinosas son gruesas muestras de encierro asaz enmohecidas.

Admito que deliro.



Nota adicional (Sax):

Recordando cómo escribías y escribías en tus libretas de espiral, esas que siempre usabas en Caracas y en Maturín, en el apartamento – y durante toda tu vida observable para mi – para anotar tus ideas y textos manuscritos, todas a lapicero y caligrafía de imprenta pero siempre con un toque de médico. Una tras otra caían llenas por delante y por detrás, haciendo fila para adentrarse entre las cajas archiveras blancas en la habitación matrimonial – para luego ser transcritas y editadas -.
Fugaces recuerdos de tus prácticas como escritor y que se podría atascar la máquina de escribir pero una libreta y un lapicero nunca te iba a faltar.